La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

23 abril, 2014

Ronda 4: Bajo la roca de Setenil

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 14:41

De las Bodegas, Setenil de las Bodegas, que así se llama este pueblo blanco gaditano que visitamos la mañana del martes santo. Antes de llegar atravesamos (literalmente, pues no hay circunvalación que lo evite) la localidad malagueña de Arriate, nombre que evoca recuerdos al viajero pues de aquí era natural un compañero de profesión cuando uno era joven y andaba enseñando por tierras gaditanas.

clip_image002Setenil me sorprende por el impresionante tajo que ha abierto el río Guadalporcún. Cual si hubiese desgastado la roca durante millones de años la hendidura ha dejado enfrentadas dos colosales paredes rocosas sobre (y bajo) las que se han construido las viviendas. Todo es un descender para luego ascender. O viceversa. Bajamos hacia el río y uno se encuentra con las casas cuevas que se empotran en la roca. Ésta sobresale formando una especie de toldo pétreo bajo el cual los bares han colocados sus mesas para los lugareños y visitantes. La vegetación cuelga a su vez de la roca adornando de forma natural un conjunto de increíble atractivo. El río discurre plácida y transversalmente haciéndose oír por quienes se asoman a los varios puentecillos blanqueados que lo cruzan. Si no fuese por la cal de las fachadas el viajero piensa que bien podría encontrarse en un pueblecito cantábrico, a los pies de los Picos de Europa, en lugar del sur peninsular.

Ascendemos por este lado del pueblo hacia un torreón y una iglesia que habíamos divisado desde la altura del otro lado de la quebrada. Las calles son algo más que empinadas en algunos tramos y uno se sorprende ver aparecer coches por donde transitarían mucho más naturalmente las cabras. El edificio del ayuntamiento se encuentra tan elevado que me resulta fácil imaginarme a los vecinos dejando las gestiones municipales para otro día con tal de evitarse el paseo hasta la sede municipal. Antes de iniciar viaje de regreso el caminante entabla conversación con un paisano que le pregunta si nos gusta el pueblo. “Por supuesto que sí. Es un lugar precioso”, le respondo. “Sí, es muy bonito, pero castiga mucho el día a día caminar por estas calles”, me responde el lugareño como si me hubiese leído el pensamiento.

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