La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

12 marzo, 2014

De la Venta del Charco a la Aldea del Cerezo

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 16:58

A una encina verde – Joan Manuel Serrat

clip_image002La dehesa se muestra hermosa a los ojos del viajero. No ha alcanzado aún la esplendidez de una primavera florecida pero el manto verde cubre la tierra bien regada por un invierno de lluvias abundantes. Camino acompañado de veinte almas ruidosas que atienden, no siempre, a la monitora que les explica lo que la naturaleza ofrece. Pero el caminante, experto en desdoblamientos de personalidad, es capaz de sentirse solo ante el paisaje.

De la Venta del Charco a la Aldea del Cerezo (o viceversa) hay una senda de poco más de seis kilómetros que se andan con facilidad. Esos nombres están ligados a la vida del caminante pues durante varios años ejerció profesión por esas tierras. Se respira tranquilidad en la plazuela de la Venta, un puñado de casas, desde la que arranca el sendero. Caminamos entre encinas que saben guardar las distancias entre ellas, como las personas educadas que no se aglomeran y apretujan cuando hay espacio para suficiente para convivir sin estorbar. En el camino quedan bellotas, testigos insobornables que atestiguan que en estas tierras el jamón es fruto del cerdo yclip_image004 de la encina. Algún roble melojo y algún alcornoque de tronco descorchado se dejan ver entre la multitud de quercus. Uno de ellos se recubre con un liquen que se agarra a sus ramas en una simbiosis natural que atrae la mirada del viajero. Las jaras aún no han florecido pero una de ellas, al borde del camino, muestra ya una pequeña flor blanca que destaca entre el verdor. Tras la jara pringosa, en una zona más umbría, quedan restos de un musgo aterciopelado que se resiste a dejar paso a la primavera. Ese musgo de portal de belén se une a otros recuerdos de infancia cuando el caminante se encuentra con el junco churrero, ése que servía para que la jeringuera (en mi pueblo a los churros les llamábamos jeringos) hiciese pasar por él las ruedas de jeringos sin que el comprador se quemase los dedos. Tras los recuerdos de infancia llega la leyenda de la cebolleta almorranera, de la que se cuenta que tiene poderes capaces de curar ese padecimiento que dicen se sobrelleva en silencio. Y el romero oloroso, y…

clip_image006Las vacas observan con mirada indiferente, esa mirada bovina que he visto en ojos humanos, el paso del caminante; los cerdos se acercan a la tapia de piedra mientras dirijo la mirada a un cielo de azul oceánico bajo el que planean unos buitres que se elevan y descienden con una placidez acorde con el paisaje. Las cercas de piedra evitan que el ganado cruce el camino; también un par de pasos canadienses, ese ingenio ideado por la inteligencia humana y comprendido por la inteligencia animal.

Desciendo por una pequeña pendiente y me encuentro con la Aldea del Cerezo, lugar que fue habitado y luego abandonado, y algunas de cuyas casas han sido rehabilitadas para que urbanitas agobiados se hospeden en ellas durante unos días de asueto, y oxigenen en parajes como éste sus pulmones y sus mentes. Hace casi quince años que no volvía por el lugar pero los recuerdos, buenos recuerdos, permanecen fieles, como el arroyo que sigue fluyendo allá abajo, al pie de la pequeña ladera por la que ya corren las almas ruidosas que me recuerdan que el camino ha concluido.

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: