La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

23 diciembre, 2013

El ministro Montoro, los niños de San Ildefonso y San Pancracio

Filed under: Varios — Nicolás Doncel Villegas @ 9:12

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Ocurrió ayer. Cuando la oscuridad aún reinaba me levanté llevado por un arrebato mezcla de atávica superstición y creencia religiosa.

Todo comenzó al enterarme que Hacienda retiene el veinte por ciento del importe premiado en la lotería (si el premio es más de 2.500 euros). Desde entonces no pude conciliar el sueño. De alguna manera tenía que contrarrestar la maldad del político con afán recaudatorio que trata de descontar en un veinte por ciento la alegría del posible afortunado, de aquél que aparecerá en la tele brindando con cava y diciendo aquello de “tapar agujeros” con lo que le ha tocado.

Amanecía un día con niebla. El insomnio me había dado la respuesta. Tenía que buscar un elemento que incrementase la posibilidad de ser uno de esos afortunados que piensan “ayudar a sus hijos” con los euros del gordo (retención fiscal aparte). La solución estaba en el santoral. El santoral es como el refranero, o esas tiendas de pueblo antiguas en las que vendían de todo (desde unas puntillas hasta un bote de colonia), tiene una solución para cada caso.

clip_image004La decisión estaba tomada. Si la profesión me ha enternecido el alma con el canto de villancicos infantiles y varias visitas a a la iglesia en un corto espacio temporal, ¿por qué no recurrir a una de sus estrategias más populares?, ¿por qué no solicitar el favor de aquel chaval que murió mártir a manos de los legionarios de Diocleciano? Bajo al salón y ahí está mi aliado, una figurita de San Pancracio con sus dos reales de las antiguas pesetas. Dicen que es el santo que da trabajo (con lo cual debe andar muy ocupado en los tiempos que vivimos) pero que también trae buena suerte al hogar. Me agarro a esta su segunda labor, lo coloco sobre la mesa y pongo a sus pies décimos y papeletas mientras enciendo el televisor y los niños del Colegio de San Ildefonso comienzan su cantinela. Ahora solo tocaba esperar que los bombos girasen, que el santo hiciese su trabajo y que los niños cantasen uno de esos números (si es posible de uno de los décimos) para convertirme así en uno de los afortunados solidarios que contribuirían con su alegría, y con su imposición fiscal, a la alegría del hogar, y del Ministerio de Hacienda.

Me faltó colocarle el perejil al santo, a San Pancracio. Otra vez será.

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