La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

25 noviembre, 2013

Cuando no puedes imaginar el futuro

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 8:25

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Apoyada en el alféizar de la ventana del dormitorio miraba hacia el frente y solo veía otras ventanas iguales. La monotonía en aquellos bloques de pisos, construidos cuando las gentes del sur emigraron en busca de una vida mejor, tan solo podía romperse con la imaginación. Tras cada una de aquellas ventanas había un vida desconocida para ella. Los que allí vivían también desconocían la suya. Los encuentros casuales en el mercado de abastos, los saludos callejeros que la buena educación imponía -“pobres, pero educados”, le decía su madre cuando la peinaba siendo ella una niña-, las reuniones en el colegio con otras madres para organizar la fiesta de fin de curso… Todo aquello era el espejo en el que se reflejaba la vida de cada una de sus vecinas, de sus conocidas. Pero tras la imagen reflejada, ella, bautizada Concepción, por todos llamada Conchita, menos por él, solo veía oscuridad.

Desde que el alcohol se apoderó de la sangre y la buena voluntad de su marido, Conchi, así solo la llamaba él, no podía romper con su imaginación la homogeneidad del paisaje que veía desde su ventana. Dejó de ver un futuro, solo veía ventanas iguales. Las veía cuando a la suya se asomaba, cuando miraba la telenovela en el televisor, al intentar fijar su atención en los escaparates de las tiendas del centro de la ciudad, cuando él le gritaba, al mirar los ojos de su hijo. Y una noche se despertó sobresaltada por una pesadilla en la que se veía arrojada desde una de aquellas ventanas: la de su habitación.

Aquel verano, acabado el curso escolar, mandó a su hijo al pueblo: “te vas de veraneo con la abuela”. Aquella noche, con las marcas todavía frescas en su cuello y mejillas, Conchi lo miró echado sobre la cama, aún vestido, exhalando aire alcoholizado. Un gesto facial, una mueca extraña, mitad pena mitad sonrisa, se dibujó en el rostro magullado de Conchita. Salió de la habitación y en el cuarto de aseo, apoyada las manos en el lavabo, se atrevió a mirar su cara en el espejo. Pero no se encontró. La imagen reflejada no era ella sino una ventana lejana que se iba acercando, una de esas cientos de ventanas que cada día veía a todas horas. A ella se asomaba una mujer, la ventana seguía aproximándose, ahora podía percibir el rostro de la mujer con más claridad. Lo reconoció, reconoció su cuello, sus hematomas, oyó gritar su nombre como solo él lo hacía, y se oyó gritar a sí misma mientras veía caer el cuerpo, su cuerpo, por la ventana. Mientras todo eso ocurría su mano derecha había agarrado y estrujado el tubo abierto de pasta dental, la crema impactó sobre el espejo y las imágenes desaparecieron. Ahora sí veía su rostro reflejado en el espejo, su ojo amoratado y, ahora sí, pudo ver ese gesto facial, esa mueca extraña que hacía unos minutos había hecho al mirarlo a él tendido en la cama. Pero de ese gesto, de esa mueca, mitad pena, mitad sonrisa, había desaparecido la primera de las mitades. Ahora, Conchita, sola ante su imagen golpeada, se veía sonreír. Respiró profundamente y su cuerpo empapado en sudores fríos giró como un autómata y salió del cuarto de aseo. Pasó por la cocina antes de volver a la habitación en la que él seguía dormido.

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