La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

12 septiembre, 2013

Yo quiero ser el último testigo

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 22:26

Antoniomm:

Un hilo frágil del presente con el pasado se ha roto: ya no queda en el mundo nadie que recuerde cómo era estar en el búnker bajo la cancillería del Reich en Berlín, en los días apocalípticos de abril de 1945. Hugh Trevor-Roper escribió una narración histórica memorable, The Last Days of Hitler. Pero él no había estado. Quien podía recordar es ese veterano nunca arrepentido de las SS que acaba de morir a los 97 años, un secundario en el reparto trágico, el último que quedaba vivo. La necrológica del New York Times da escalofríos. Este individuo siguió hasta el final estando orgulloso de haber servido a su amo, y recibía cartas de admiradores. Se acordaba de Magda Goebbels llevando a sus seis hijos a la muerte, los seis con camisones blancos, siguiendo a su madre como patitos dóciles. Después de matarlos con cápsulas de veneno la señora Goebbels bebió champán y jugó solitarios, mientras el búnker retumbaría sordamente con las explosiones de las bombas soviéticas.

Y de pronto uno piensa: ¿no sentiría ese hombre la tentación de mentir, de corregir o mejorar detalles del pasado, sabiendo que no quedaba nadie que pudiera ponerlo en evidencia?

clip_image001Nicolás:

Cuando un testigo se convierte en el último testigo debe sentirse poseedor de un poder casi divino. Ese poder que le capacita para decidir si lo que allí ocurrió debe acompasarse con la realidad que fue o con el deseo, la conveniencia o la fantasía de lo que el último testigo decide que fue. Esa capacidad para decirle a los demás: “no, eso no fue lo que ocurrió, reescribid la historia, los hijos no vestían camisones blanco sino pijamas con una esvástica en el pecho confeccionados por frau Magda”.
Pero, seguramente, nadie creería al último testigo porque en el hecho incontestable de ser él quien cierra ese ciclo, de ser el último que cierra esa puerta, todos sospecharían que al haber sido el elegido por la naturaleza y por su genética para ser el guardián de la verdad quizás cayó en la tentación de inventar su verdad.
Creer algo nuevo que cuenta un último testigo es casi un acto de fe.

Sap:

Nicolás, Hanbat Khebab, el albañil que fue último testigo de la construcción de la pirámide de Gizeh, murió jurando por Osiris, que su maestro de obras descendía cada mañana de un disco volador y que antes de encerrarse en el gabinete a efectuar cálculos junto con los aparejadores, maquillaba su piel verde con una pasta hecha de aceite de dátiles y excremento de camello.

Nadie osó llevarle la contraria, ¡bueno era Hanbat Khebab para sus cosas!

Sonrisa

Nicolás:

Sap, Hanbat Khebab pertenece a esa especie de últimos testigos en los que sí habría que creer, por muy disparatada que pueda parecernos su explicación de lo que él vio allí. Y lo afirmo sin ningún género de duda porque no hace mucho una expedición de arqueólogos de la prestigiosa Universidad Estatal de los Apalaches descubrió en la Mesopotamia iraquí unas tablillas en escritura cuneiforme. En ellas un tal Hamiki Kebak (antecesor familiar, sin duda, del albañil egipcio, que debió emigrar por una de esas cíclicas crisis de la construcción que ha afectado a lo largo de la historia a los grandes imperios, como no hace mucho hemos visto por Aquí) hablaba de una comida hecha con carne de cordero que el tal Kebak servía a los sacerdotes encargados del zigurat real. Se cuenta en esas tablillas que el sacerdote encargado de los augurios le confesó al cocinero mesopotámico que esa comida alcanzaría fama a lo largo de los siglos.

Así pues, por mi parte, todo lo que digan los Khebak/Kebak son verdades indiscutibles. Cuestión de fe.

Sonrisa

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Lo del último testigo que puede cambiar la historia me tiene subyugado. Me imagino en situaciones históricas, más o menos importantes, pero nunca tan desagradables como las que cuenta Antoniomm (pues ahí no me quiero ver ni en pesadillas), compartidas con otras personas a las que la tercera Parca ha ido llamando a su encuentro. Entonces, el último testigo, aquí el que escribe, tiene el poder para contradecir lo que se ha dicho hasta entonces sin que nadie le contradiga a él.

Por ejemplo, leyendo “Las anécdotas de la política”, de Luis Carandell, me encuentro con lo que sigue:

“Un día estaba Felipe IV con sus cortesanos en el balcón del Alcázar de Madrid. Y desde allí vio a un estudiante que estaba sentado leyendo un libro y de cuando en cuando estallaba en sonoras carcajadas. El rey les dijo a los cortesanos:

—El estudiante o es un loco o está leyendo “don Quijote de la Mancha”.

Uno de los cortesanos bajó a donde el estudiante estaba y comprobó que leía el libro que su majestad había dicho.”

Bien, uno de esos cortesanos que estaban en el balcón era yo. Ha pasado el tiempo, los demás han muerto, incluido el rey, y una noche estando en distendida charla con mis hijos uno de ellos comentó la anécdota que se había hecho famosa en la Corte. Es entonces cuando el último testigo se siente único:

– No, hijo mío, realmente no ocurrió así. Yo era uno de esos cortesanos. Fui yo el que bajó a comprobar el libro que estaba leyendo aquel estudiante. Y no era “Don Quijote de la Mancha”, eran los Sonetos de Quevedo, concretamente el dedicado al apéndice nasal de aquel poeta cordobés. Pero, ¡cualquiera le decía al rey que se había equivocado!

Blog de Antonio Muñoz Molina – 9 de septiembre de 2013

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