La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

13 agosto, 2013

El ojo de la profecía

Filed under: Relatos — Nicolás Doncel Villegas @ 9:48

Aquel patio era nuestra selva, la pradera en la que cazar búfalos, el campo de batalla de las legiones romanas, el jardín de nuestros sueños. Durante las mañanas de aquellos infinitos veranos, aquel patio, de aquella casa que antes había sido bodega, almacén y no sé cuántas cosas más, era nuestro salón de juegos. Aquella casa la había comprado la familia de uno de los muchachos de la pandilla, una familia de pequeños agricultores que pensaban irla rehabilitando según el tiempo y las cosechas decidieran. En aquel patio con naranjo y limonero, con un pozo y una parra a los que acudían fielmente las avispas, como acudían las beatas a la misa de ocho, nos juntábamos seis o siete chiquillos cuando el sol apretaba en la calle y las sombras de los árboles y el entoldado de la parra se convertían en el escenario idóneo sobre el que desencadenar batallas de indios contra cowboys.

clip_image001Pero como eran tiempos de escasez, incluso para algunos de penuria, había que echar mano de la imaginación para hacerse con aquello de lo que se carecía. En nuestro caso de los materiales con los que construir los fuertes o los castillos en los que alojar la soldadesca de plástico comprada en los kioscos de tebeos y en las casetas de juguetes de la última feria. Y para hacerse con esos materiales había que formar dos grupos que acudirían a la herrería y la carpintería de la Plaza de la Ermita, casi a las afueras del pueblo. Ambos talleres eran propiedad de dos singulares hermanos solterones que tenían fama de buenos artesanos. Decían en el pueblo que incluso hacían trabajos a los señores de la ciudad. Regentaba la herrería Eufrasio “el Ojohueco” Montalvo, y la carpintería “Polichinela” Montalvo (nunca llegué a conocer su nombre), de carácter y físico tan diferente a su hermano como diferentes son el hierro y la madera. Lo único que tenían en común, además de ser hermanos, era que firmaban sus trabajos en alguna parte no visible de los mismos: el interior de un cajón del armario o la parte inferior de la baranda de una azotea. Era Polichinela, al que todos llamaban Poli (¿sería ese su auténtico nombre?), un señor de calva polvorienta, barrigoncete y afable, de sonrisa fácil, que te surtía de tacos de madera, listones para él inservibles y serrín con los que construir castillos y simular desiertos saharianos. Por el contrario Eufrasio era enjuto y de cabello rizado y pelirrojo, una furia, un basilisco, la amargura recalentada tras horas de fragua y yunque. Decían de él que había perdido su ojo derecho por culpa de una esquirla traicionera cuando trabajaba en la armería del ejército durante su servicio militar en Sidi Ifni. Y nunca estaba dispuesto a ceder a nuestras peticiones. Casi había que hurtarle las limaduras, una escuadra inservible, alguna chapita abollada, que amontonaba en la esquina de la puerta de su taller, y que tanto poderío y prestancia daban a nuestros castillos y soldados. Cuando a uno le tocaba formar parte del comando herrería (siempre echábamos la suerte a pies) había que temerse lo peor.

Una mañana de agosto, necesitados de serrín, virutas y limaduras, los grupos se encaminaron hacia los talleres Montalvo. Y… sí, me había tocado la herrería. Aquel día la mirada de “el Ojohueco”, la singular y única mirada de su ojo izquierdo, iracunda y fría como la de Medusa, se cruzó con la mía mientras trataba de coger unas bolas de níquel, tan preciadas para jugar a las canicas, que estaban en el montón de deshechos. Pero lo peor no fue su mirada, lo peor fue oírle decir: “¡Quién hierro roba, a hierro muere!”. Sí, ya sé que era níquel y no hierro lo que mi mano sudorosa apretaba, y que el refrán no es exactamente así, pero aquella mirada y aquella voz me hicieron desertar y no volví a formar parte nunca más de aquellos comandos.

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Camino por la parte antigua de la ciudad. Mi hijo se ha empeñado en que me traslade a vivir cerca de él. Vendí la casita del pueblo y he comprado un pisito cercano al suyo. Me gusta caminar por estas calles porque son muy parecidas a las del pueblo. El invierno se ha presentado violento, la tarde es desapacible, mucho viento y amenaza tormenta. No me arredro y salgo a dar mi paseo vespertino. Dicen que en estas casas vivieron judíos. Hay otras más grandes, casi palaciegas, no recuerdo dónde leí que las construyeron los grandes señores castellanos que reconquistaron estas tierras a los moros. Algunas están abandonadas. Mantenerlas debe costar un dinero. Conservan escudos nobiliarios esculpidos en piedra. En otras, eso que llaman el mal de la piedra, los ha desgastado hasta hacerlos desaparecer. Algunos fueron sustituidos hace años por escudos en hierro forjado en los que el paso del tiempo y el abandono han hecho mella. Observo uno de esos grandes escudos mientras camino por la acera. La calle forma una curva y voy a pasar debajo de él. El viento arrecia. He pasado la puerta principal de la gran casa abandonada cuando oigo tras de mí un fuerte estruendo. Miro a mis espaldas y veo el escudo de hierro en el suelo. Trozos del enlosado de la acera se mezclan con el hierro y el óxido de las pletinas que hasta hace un momento sujetaban ese pedazo de historia a la fachada. El escudo se ha volteado al caer. Detrás de la figura del Santiago “Matamoros” que adorna su parte central hay grabadas unas palabras. Me acerco y leo: Talleres Montalvo.

Inicio el camino de regreso a mi piso y a mi infancia. Solo he caminado unos metros cuando me cruzo con una mujer mayor, como yo. La acera es estrecha, le cedo el interior, me sonríe fríamente, me mira a los ojos y me dice: “No he venido a buscarte, no eres tú todavía”. El corazón sigue latiendo rápido, mis recuerdos y sus palabras me agobian. Prefiero pasar por casa de mi hijo. Le cuento lo sucedido. Mi hijo, que hizo una carrera de Letras y se deja la vista leyendo hasta los papeles rotos de la calle, me tranquiliza. Me habla con sosiego pero con palabras que entremezclan varios pensamientos. Me dice que he escapado por los pelos de salir mañana en los periódicos, y me pone una tila. También me cuenta algo sobre un poema llamado “Primer día de vacaciones”, de un tal Luis García Montero. Pero a mí no se me va de la cabeza lo que un día me dijo Eufrasio “el Ojohueco”.

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Este relato fue escrito para el Blog de los Lectores de la web de Antonio Muñoz Molina:

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2 comentarios »

  1. Me ha encantado tu relato. Lo leí cuando Gotarlo lo colgó en el blog de Antonio Muñoz Molina, pero en el momento que quería felicitarte por lo bien escrito que está y agradecértelo (creo que es imprescindible que los lectores devoradores de relatos os agradezcamos a quien escribís, y además de forma desinteresada) había un poquitín de mal rollo en el blog y temí que mis palabras se escaparan entre la bronca.

    Me ha gustado la ambientación del pueblo, la reminiscencia de la infancia y la forma de enlazar el pasado con el presente. Tuve que buscar el poema de Luis García Montero (uno de los muchos de él que aún no había leído).

    Comentario por BK — 14 agosto, 2013 @ 3:23 | Responder

  2. Gracias por tu comentario. Cierto que durante esos días se desató una de esas “tormentas virtuales” (y, más o menos, habituales).
    En justa correspondencia, te digo que soy lector habitual de tu blog. Me gusta la forma en la que ves la vida y la manera en la que la cuentas.
    🙂
    Un saludo.

    Comentario por donceldevr — 14 agosto, 2013 @ 7:59 | Responder


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