La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

31 julio, 2013

Desde mi sombrilla 2013 – Limpieza en el paseo marítimo

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 16:42

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Camino por el paseo marítimo y veo que un operario del ayuntamiento circula lentamente por el mismo subido a una de esas motos con cuatro ruedas que se pusieron de moda en los tiempo del “todos somos ricos”. Quad, creo que es el nombre del vehículo. Como es temprano hay poca gente en la playa. Me siento en el poyete que separa arena y enlosado y observo como el operario municipal motorizado se detiene en una de las duchas playeras, saca del cajón de su quad varios botes multicolores y algunas bayetas, impregna la brillante estructura metálica de la ducha, el asiento y los reposapiés de la misma con los sprays multicolores y a continuación les pasa las bayetas con determinación y profesionalidad. La ducha ya no está reluciente sino deslumbrante. Y además limpia y desinfectada. Por la noche, cuando vuelvo de la localidad contigua lo hago caminando. Apenas hay nadie en el paseo marítimo. Una chica joven, de poca estatura, con un perro negro, de gran envergadura, camina delante. Un cartel prohíbe el paso de animales a la playa. En un momento dado, persona y perro salen del paseo y se dirigen a una de las duchas playeras, la misma que vi esta mañana en proceso de limpieza y desinfección. La joven aprieta el botón de la ducha, el agua sale, el perro pone sus patas en el reposapatas, bebe agua, patalea en la arena, vuelve a la ducha… Prefiero seguir caminando sin volver la vista atrás y pensar que el operario volverá mañana temprano. También recuerdo lo que escribe el filósofo Savater en una de sus novelas: que hay personas muy enamoradas de los perros que deberían darse cuenta que tener uno de estos animales viviendo en un piso de pocos metros cuadrados es como querer hacer ciclismo en el pasillo de ese piso.

clip_image004Entre la mañana y la noche siempre hay un atardecer. Cae el sol. La playa se va quedando sin gente. Un operario municipal, otro, conduce un camión en miniatura. Es un mini camión con motor eléctrico, cabina mínima y caja de poco más de dos metros cuadrados de superficie en la que va depositando las bolsas de las papeleras que hay a lo largo del paseo marítimo, y algunos enseres playeros deteriorados que algunos bañistas dejan junto a ellas o en la frontera playa-paseo. Es ahí donde el operario ve que hay una barbacoa que parece abandonada. La levanta y la observa detenidamente. El objeto culinario-playero parece en buen estado, así lo veo yo también desde una prudente distancia, pero el estar en ese lugar parece indicar que sus dueños se han deshecho de él. El operario decide echar la barbacoa a la caja del camión junto a las bolsas de basura. Es entonces cuando desde la playa, cerca del agua, a unos veinte metros del lugar de los hechos, se oyen unas voces de mujer (las oye el operario, las oigo yo) gritando: “¡eh, qué es nuestra, eeeeeeh!”. Al mismo tiempo que giramos la cabeza hacia el lugar del que provienen los casi alaridos vemos como un señor cincuentón corre como un descamisado (dicho no literalmente porque viste bañador y camisa) mientras que, un poco ahogado por el esfuerzo atlético, grita también: “¡no se la lleve, no se la lleve!”. El camionero del mini camión descarga la barbacoa y espera la explicación, la que tiene que dar o recibir, no lo sé muy bien. El esforzado corredor llega jadeante al paseo y le explica al funcionario que estaban recogiendo, que había llevado la barbacoa hasta allí para volver con más cosas y que su mujer, “como siempre”, lo había entretenido. El funcionario municipal, le explica muy profesionalmente que “yo, solo cumplía con mi deber”, con una voz parecida al replicante de la película Blade Runner cuando dice: “yo he visto naves ardiendo más allá de Orión”, o algo así. No dudo de la profesionalidad del operario, pero cierto es que cuando vio por primera vez aquel utensilio, y le hizo aquel primer y exhaustivo reconocimiento general levantándolo en el aire y girándolo para ver su estado de conservación, pude observar una sonrisa que bien podría traducirse como “¡vaya pieza que he cazado!”,

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