La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

24 julio, 2013

Desde mi sombrilla 2013 – Música en tierra hostil

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 10:07

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Me calzo mis zapatillas deportivas para la caminata diaria. Enfilo hacia poniente y en el punto más concurrido del paseo marítimo observo unos músicos que afinan sus instrumentos. A las nueve van a dar un concierto en ese paso situado frente a la playa y a la calle más céntrica de la localidad. Lo primero que pienso es a quién se le habrá ocurrido situar a los músicos entre la marabunta de gentes que salen a esas horas de la playa, cargados de niños y arreos playeros, y frente a al maremágnum de las otras gentes que vienen del pueblo a caminar por el paseo. Estos son más tranquilos y menos ruidosos pues la mayoría son jubilados que se han acicalado con sus mejores galas, ya que es sábado y hay que lucir bien entre los paisanos del pueblo de origen con los que uno pueda encontrarse. Damas de avanzada edad luciendo collares de perlas y peinadas en peluquería, caballeros con pinta de comerciantes jubilados, unos, y funcionarios, otros, se cruzan con grupos familiares que cargan con sus hamacas de aluminio deslumbrante por la acción de los últimos rayos solares del día, y con jóvenes que lucen musculatura y toalla al hombro. Y en medio los músicos. Y pocos metros más allá un kiosco de música, y un espacio con más tranquilidad en el tránsito personal, que bien podría haber sido utilizado para el acto.

Mientras los músicos acaban de afinar mi santa y servidor de ustedes terminan la caminata hasta el final del paseo marítimo y vuelven con el tiempo justo, y la indumentaria menos apropiada, para sentarse y poder escuchar el concierto al aire libre. Se trata de la Agrupación musical de Alhaurín, pueblo malagueño famoso por encontrarse en su término municipal el penal que suele acoger a los mangantes famosos y famosillos que arramblaron con las arcas del ayuntamiento marbellí. Con sus instrumentos de viento y percusión ofrecen un concierto en el que se incluye “Flashing Winds” (Jan Van der Roost), “Pequeña Czarda” (Pedro Iturralde) y “Danzas Armenias” (Alfred Reed). Recuerdo de mis años jóvenes a Pedro Iturralde, saxofonista y músico de jazz que de cuando en cuando aparecía por aquella televisión española en blanco y negro. La pieza que aparece en el programa con su autoría es interpretada por la banda y un joven saxofonista de tan solo dieciséis años con una dignidad y solvencia más que plausible dado el momento y en lugar en el que ocurren los hechos.

Durante los cincuenta minutos que duran las interpretaciones observo que el barullo se apaga con la música. Incluso los altavoces que jalean unas atracciones infantiles cercanas y los que vociferan en las pistas deportivas-playeras aledañas han dejado de emitir. La gente que transita guarda silencio y muchos se detienen para escuchar, ocupando el carril bici que discurre paralelo a los espectadores, el atardecer se adueña del espacio y uno podría afirmar que la música no solamente amansa a las fieras sino también a los turistas. Pero no a todos. Una abuela orondamente planetaria, acompañada de varios nietos, ocupa algunas sillas vacías. Los niños comen, mascullan y no cesan de incordiar. Al grupo familiar se une la madre de las criaturas, e hija de la abuela protectora (el físico no engaña y lo orondo es congénito en este caso), preguntando sin cesar a su prole si quieren “un sándwich de jamón york con lechuguita o una hamburguesa con ketchup”. Ante la insistencia interrogativa, en medio del “Flashing Winds”, me dan ganas de responder: “deles el sándwich con lechuguita, señora, qué es mucho más sano”). Poco después, como salido de la nada, aparece un hombre con pinta de agricultor jubilado (ya he aprendido a diferencia el moreno agrícola del moreno marino), que pertenece a ese tipo de personas a los que les gusta hacerse notar cuando llegan a algún lugar, sea un concierto playero o un velatorio de interior, y con su voz ronca y elevada en el tono exclama: “¡hombre, aquí hay una silla vacía! ¡Vamos a ocuparla antes que se la lleven!”. Algunos de los espectadores le piden silencio onomatopéyicamente y el percusionista encargado del bombo y el gong chino, que le ha oído, pues se encuentra en el extremo de la agrupación musical más cercano al público, le dirige una mirada retadora mientras levanta el mazo de su mano derecha. La banda interpreta en ese momento la segunda parte de las Danzas Armenias, titulada “La súplica del campesino”.

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