La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

27 junio, 2013

Una de amores

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 21:53

 Antoniomm:

Firmando libros uno se hace un boceto instantáneo de la persona que tiene delante, a base de unas pocas palabras, de algún gesto, de detalles en la mirada, en el vestuario, en el tono de voz. En su imaginación se formará un boceto recíproco. El otro día, en Avilés, una señora guapa, muy erguida, elegante y mayor viene con un ejemplar de “Ventanas de Manhattan”. Va vestida, peinada y pintada con coquetería. Tiene manos bonitas con las uñas pintadas y lleva un bolso verde muy moderno. Me dice que fue a Nueva York muchas veces, pero que no ha vuelto desde que murió su marido. Le dedico el libro, le estrecho la mano, espero a que se acerque el próximo lector. Es un hombre mayor, también elegante, más formal, con el pelo blanco, con gafas, con una expresión franca en los ojos que le rejuvenece la cara. El libro que trae para que le firme es “El invierno en Lisboa”. Me dice: “¿Ha visto a esa mujer que iba delante de mí? ¿No es extraordinaria? Somos los dos viudos. Estamos enamorados. Estoy loco por ella”. Le firmo el libro deseándole mucha suerte en la dedicatoria y lo veo un momento alejarse, siguiendo al amor de su vida.

Nievesdl:

En el momento de seleccionar qué decir al escritor favorito, la mujer habla de su marido fallecido y el hombre habla de ella. Digo yo que si la mujer estuviera enamorada, con la cabeza loca por el hombre que está justo detrás de ella, jamás lo habría hecho.

Y el hombre no parece interpretar muy bien las señales… Me parece que se ha inventado una novela a partir de cuatro detalles. Además añadiría que está un poco sordo, porque la frase que ha dicho a AMM su presunto amor hubiera despertado a tortazos al más soñador.

clip_image001Nicolás:

Nadie parece haberlo visto pero estaba allí. Un par de metros a la izquierda de la caseta, un tipo de unos cuarenta años, mal trajeado, con exceso de gomina y cara de pocos amigos. Es el chófer de la señora y hombre de confianza de los hijos, es el guardián entre los libros y entre los sueños, el que vigila para que a la señora mayor, con años y riquezas evidentes, no se le acerque ese viudo del que la prole cuidadosa de su futura herencia no quiere ver cerca de la madre caudal. Pero ese hombre mayor, ese viudo enamorado, sigue teniendo la habilidad de un Romeo, capaz de escalar el muro para situarse bajo el balcón de su Julieta, y, mientras la mujer deseada charlaba con el autor encasetado, ha deslizado en el bolso verde una nota con la dirección y hora de su próxima cita secreta. El tipo de la gomina no se ha percatado porque, traicionado por su celo profesional, ha prestado atención al autor que estrechaba la mano de la señora.

Albertiyele:

Nicolás, me recordaste una historia de amor apasionado que cuenta Victoria Ocampo en uno de los tomitos de su autobiografía: ya casada, muy joven, con un hombre aburrido, autoritario, machista, y encima pésimo amante, se enamora perdida de otro, al que conoce en la Ópera de París, todavía en su luna de miel (que duró casi un año). De vuelta en Buenos Aires tiene que ingeniárselas para que ese marido controlador, al que le tiene terror, no se entere de sus andanzas. Convencida de que la vigilan, se hace llevar por su chofer a la tienda Harrod’s de la calle Florida: entra por una puerta y sale después de muchas vueltas por la de atrás; allí se toma un taxi, que la lleva a su nido de amor, en San Telmo. Terminado el encuentro amoroso, necesariamente breve, vuelve a la tienda, entra por la puerta de atrás y sale otra vez por la principal, donde el chofer sigue esperando.

Carmela:

“Entonces él extendió los dedos helados en la oscuridad, buscó a tientas la otra mano en la oscuridad, y la encontró esperándolo. Ambos fueron bastante lúcidos para darse cuenta, en un mismo instante fugaz, de que ninguna de las dos era la mano que habían imaginado antes de tocarse, sino dos manos de huesos viejos. Pero en el instante siguiente ya lo eran. Ella empezó a hablar del esposo muerto, en tiempo presente, como si estuviera vivo, y Florentino Ariza supo en ese momento que también a ella le había llegado la hora de preguntarse con dignidad, con grandeza, con unos deseos incontenibles de vivir, qué hacer con el amor que se le había quedado sin dueño.”

‘El amor en los tiempos del cólera’. Gabriel García Márquez.

Blog de Antonio Muñoz Molina – 24 de junio de 2013

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