La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

4 noviembre, 2012

De Estepa al torno de Santa Clara (1 de 2)

Filed under: En otro lugar — Nicolás Doncel Villegas @ 12:07

En los días soleados de otoño, cuando el frío todavía no se ha hecho fuerte y te arrincona en la mesa camilla, apetece salir. Si además es festivo puedes viajar a pueblos más o menos cercanos utilizando cualquier excusa, que realmente no es necesaria porque el simple goce del viaje es más que suficiente. En este caso la falsa excusa fue aprovisionarse de dulces navideños. ¿Dónde ir? El destino estaba claro. Si el año pasado fue Rute, éste tocaba Estepa.

clip_image002Cuando uno llega a ambos pueblos hay dos cosas en común. La primera es que en una zona no muy extensa encuentras los despachos de las principales marcas de dulces. Es como si estuvieras en la calle Serrano de Madrid o en Rodeo Drive de Beverly Hills. Pero en lugar de marcas de modistos prestigiosos, de joyeros inalcanzables para tu triste economía, de perfumes que nunca llegarás a usar… puedes degustar mantecados, turroncillos, alfajores, mazapanes de La Flor de Rute o La Flor de Estepa, de Garrido, Moreno, La Estepeña…Ya sé que habrá algún lector que prefiera asomar la nariz a un escaparate de Dior o de Gucci en las tiendas de los lugares antes citados, pero nunca sabrá lo que se pierde si no entra en uno de esos despachos con derecho a degustación, también citados anteriormente. La segunda coincidencia de ambas localidades dulceras es el olor, el aroma que de cuando en cuando envuelve el aire que respiras, esa fragancia a dulce recién horneado que de poder envasarse en frasco de cristal dejaría a Chanel Nº 5 en el nivel de fragancia menor.

Pero Estepa guardaba una agradable sorpresa que iba a satisfacer otro más de mis sentidos (además del olfato y el gusto), el de la vista.

clip_image004Tiene este pueblo sevillano un cerro que llaman de San Cristóbal en el que se puede ver un más que digno conjunto histórico artístico. Llegado a él, y dado que la mañana invitaba al paseo, me informo en la oficina que lleva tal negociado. Una oficina que se encuentra en una restaurada torre ochavada que siglos ha estuvo adosada a la antigua muralla árabe que rodeaba todo el cerro. Como hay visita guiada hacemos uso de ella para poder ver el interior de los edificios. La guía, una chica estepeña con marcado y agradable acento mantecoso, conduce a nuestro pequeño grupo a lo que queda de la antigua Alcazaba y a la restaurada Torre del Homenaje que mandó construir un maestre de la Orden de Santiago. Este hombre debía ser un guasón, o un orgulloso celador de sus cuentas dinerarias, porque según parece ser mandó esculpir en la llamativa torre una leyenda en la que se decía que quien quisiera saber lo que había costado la construcción de la misma se construyera otra igual y así habría de saberlo. Desde la altura a la que te eleva la torre se ve una extensa campiña. Y sobre ella, esparcidos, varios pueblos de las provincias de Sevilla y Córdoba; uno de ellos es Marinaleda, que al ser citado por la guía provoca comentarios sobre su primer edil, comentarios que no vienen a cuento en esta narración que gira alrededor de los sentidos y no de las opiniones.

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