La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

31 agosto, 2012

Desde mi sombrilla 2012: ¡Zas! Pedrada y al morral (y 2)

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 19:05

clip_image002Ese “ellos” se ha convertido en un pronombre personal cargado de rivalidad casi bélica, un pronombre que marca la delgada línea roja que nunca se debe cruzar, un muro entre ambas partes enfrentadas. Están “ellos”, con sus flotadores salvavidas al estilo de aquella serie americana titulada “Los vigilantes de la playa”, con sus chalecos y camisetas de un color naranja fosforito que deben ver hasta las medusas más miopes cuando se acercan a la costa sembrando el terror como lo hacían los barcos vikingos o el Tiburón de Spielberg, con su puesto de socorro de madera que “ellos” piensan que es madera noble pero que no tiene más nobleza que esos palés que facilitan la travesía de los bañistas por la candente arena, con sus ungüentos mágicos, su torre deslumbrante de no sé cuántos escalones que parece elevarlos por encima del resto de los mortales, “ellos” son chicos y chicas jóvenes (aunque no con los cuerpos de aquellos vigilantes y vigilantas de la serie antes citada), preparados en cursos primaverales, luciendo un moreno envidiable… Y enfrente está “él”, singular, único, rebelde con causa como aquel Jeans Dean (tan superior a ese David de apellido impronunciable que protagonizaba la dichosa serie de TV), sin más ayuda que esas frases desganadas de aquellos que todavía no han sido contaminados por el picor, y asesorado casi traidoramente por los consejos de esa mujer que ha abierto otra lata de Cruzcampo (ésta con la cara de Xavi) y que vuelve a recordarle, mientras lo mira con desgana:

– Deberías ir y que te pusieran algo ahí.

Él, que por un momento se vio como Dean en Rebelde sin Causa, mira a su mujer y piensa en Natalie Wood, mientras le pide su lata de Pepsi que está en la nevera portátil, se la bebé en un par de tragos, le devuelve el recipiente a su santa, se incorpora parsimoniosamente de su hamaca, se encamina a las duchas de la playa, lanza una mirada altiva y retadora al vigilante que sigue impertérrito en su torreta, se ducha, y al volver a su hamaca playera (con la consiguiente mirada de desprecio al protocolario vigía), siente como el dolor y el picor van a más. Una chica joven, vecina de playa, que andaba de conversación con la esposa del damnificado, le comenta que el agua dulce y las bebidas carbónicas no son buenas para su mal sino todo lo contrario, aumentan el malestar. Él y su gemelo erupcionado dan fe de ello. La joven le comenta que tiene tales conocimientos porque ella también hizo la pasada primavera los cursos para socorrista de playa pero que no tuvo suerte y no fue elegida y que por esa razón estaba ahora tomando el sol en lugar de estar en la torreta de vigilancia o en el puesto de primeros auxilios. Él la mira y reflexiona si verla como una aliada que le ayuda en su infortunio o como una posible enemiga infiltrada por “ellos”. Tras esa breve reflexión se levanta y se encamina al puesto de socorro. Al cruzarse dirige unas palabras (que no consigo oír) a su interlocutor playero cuasi celestial, que mueve la cabeza y le responde con un gesto de la mano, que yo interpreto como algo parecido a esa frase que se suelta cuando uno ya está cansado de alguien: “que sí, que paso de usted”.

clip_image004A los diez minutos regresa del puesto de la Cruz Roja con una bolsa de hielo y oliendo a vinagre. Esta vez lleva la vista al frente cuando se cruza con su rival y no hay intercambio de miradas ni de palabras. Se sienta en su hamaca y se coloca la bolsa de hielo, cubierta con un paño, sobre la piel afectada. Su mujer le pregunta con el tono de voz habitual aunque algo más trabado, pienso yo que debido a la ingesta de cerveza:

– ¿Qué te han dado, qué te han puesto?

Él, como si no hubiese oído la pregunta, le dice a su esposa:

– ¿Sabes lo que le he dicho antes, cuando he ido al puesto de socorro, al nenato ese de la torre? Le he dicho: ¿tú sabes cómo se cazan los pajarillos en mi pueblo? Pues cuando están así quietos, en lo alto del árbol, así como estás tú, se coge una piedra y ¡zas!… pedrada y al morral.

La mujer mueve la cabeza como hizo el nenato de la torre, y repitiendo el mismo gesto con la mano, se vuelve para la nevera portátil y abre la tercera lata de Cruzcampo (rostro de Sergio Ramos). Yo vuelvo la cabeza hacia atrás y veo como la chica de protección civil ha cambiado la bandera verde por la amarilla y está izando la que avisa de la existencia de medusas. El protocolo ha funcionado.

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1 comentario »

  1. Jejeje, que bueno!

    Comentario por Joaquín — 12 septiembre, 2012 @ 21:26 | Responder


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