La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

14 agosto, 2012

Desde mi sombrilla 2012: Alboroto en la biblioteca ( y 2)

Filed under: Desde mi sombrilla — Nicolás Doncel Villegas @ 9:24

La bibliotecaria se ha vuelto a sentar pensando tener controlada la situación pero en ese momento suena la llamada de un teléfono móvil con la melodía de “Paquito el Chocolatero” a todo volumen. El abuelo que, desde su sentencia sobre urbanidad y buenos modales, no había vuelto a abrir la boca, limitándose a observar como el nieto pequeño había tomado posesión de uno de los dos ordenadores de la biblioteca, aporreando un teclado que no transmitía órdenes porque la contraseña no había sido introducida, se echa mano a esa especie de funda pistolera que cuelga de su cinturón y se coloca el aparato telefónico en la oreja mientras grita como si su voz tuviera que llegar directa a su interlocutor sin necesidad del tipo de ondas que utilice la moderna telefonía:

–  Dime Manué.

La bibliotecaria vuelve a levantarse de su silla y le hace unos gestos con la mano al abuelo. Éste mira entonces a la bibliotecaria y dice:

–  Sí, hola, señorita, buenos días –con una cara de satisfacción que es señal inequívoca de que el hombre ha entendido por los gestos que alguien, por fin, se ha percatado de su presencia-. Perdona Manué es que estaba saludando a la señorita bibliotecaria.

–  ¡Qué no, que aquí no se puede hablar por teléfono! – exclama la bibliotecaria, agotada su paciencia, mientras el abuelo cuenta algo sobre la cebada.

La abuela le indica a su marido, entre gestos y empujones, que debe salir de local para seguir hablando por teléfono y éste, aunque un poco desconcertado, así lo hace. El elevado tono de voz y la ventana abierta me permiten saber que la recolección está saliendo bien, que calculan una cosecha de algo de más de mil kilos por fanega y que ajuste bien el precio con el malandrín (¡palabra qué dijo esa palabra!) de Saturnino, que luego se desdice de lo que dijo y tenemos jaleo; ah, y que vigile bien la báscula, que no se fía del personaje. Deduje que el tal Manuel que se encontraba al otro lado del aparato sería su hijo porque era éste un término que utilizaba a menudo cuando se dirigía a él.

Mientras, en el interior, la abuela vuelve a conversar con la bibliotecaria:

–   Es que vamos a estar aquí cinco días mientras mi hijo hace la siega de la cebada y la venta de los melones, nos hemos traído a los nietos y querían ver unas películas.

–  Bien, espere usted que vamos a llamar a la biblioteca de su pueblo para que me confirmen el número de carné de su nieto y así estará todo arreglado. ¿De qué pueblo son ustedes? – preguntó la bibliotecaria ya más calmada y usando un tono de voz acorde con el local.

–   Somos de  *****.

No identifico el pueblo sevillano de procedencia de este grupo familiar para no levantar posibles averiguaciones personales y familiares. Sí puedo decirles que es una noble villa, cuna de torero y futbolista de arte y valentía. Torero uno y futbolista el otro, así por separado, pues aunque esa es tierra capaz de dar a luz hombres singulares, todavía el homo hispalensis provincialis no ha sido capaz de evolucionar a tal nivel de perfección como para crear un ser en su unicidad que sea capaz de dominar en plan profesional artes tan distintas como las que se desarrollan en un albero circular y en un césped rectangular, superficies esas tan distintas que el único humano que en ellas es capaz de ganar competiciones es un homo balearensis, pero en una actividad deportiva muy concreta, no en dos tan diferentes como son el fútbol y el toreo.

Bien, perdonen esta digresión sobre lugares, superficies y actividades varias pero es que la historia no da más de sí. La bibliotecaria llamó, identificó y suministró las películas deseadas. Mientras tanto el abuelo seguía hablando de lo que le iba a cobrar la cosechadora, de las alpacas de paja y otras circunstancias agrícolas; el nieto mayor salía con las películas silbando una melodía que no supe identificar (debe de ser algo de su pueblo porque las melodías infantiles sean de series televisivas o canciones de moda las suelo tener controladas –recuerden: asunto profesional); y la abuela se despedía de la bibliotecaria reclamando al nieto pequeño:”vamos Sergio, deja ya la computadora”, herencia terminológica ésta que imagino debe provenir de la visión de esas telenovelas sudamericanas que durante esos días no iba a poder ver porque los nietos se habían traído ese endemoniado aparato que conectaban al televisor y que utilizaban constantemente para ver películas y jugar a esos juegos de matarifes, como decía el abuelo.

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