La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

18 marzo, 2012

Haced cattleya y no la guerra

Filed under: De libros — Nicolás Doncel Villegas @ 21:15

imageLa riqueza de una lengua no debería medirse solamente por la cantidad de palabras útiles para definir un concepto, para expresar ideas o sentimientos. Más que las palabras en sí mismas, con sus significados reconocidos por la academia correspondiente, quienes dan esplendor a una lengua son las expresiones. En ocasiones son locuciones con carácter significativo; otras veces son las expresiones que surgen en la calle como forma de habla coloquial; y también las hay que son hijas de la literatura, geniales invenciones que un autor utilizó en alguna ocasión y que saltaron de los libros a la vida (que es como saltar sobre sí mismo). Los refranes, los proverbios o los modismos son habituales en el lenguaje cotidiano, nos sacan de un apuro expresivo en multitud de ocasiones, los soltamos como el que enciende la luz en la oscuridad y casi nuca aparecen al tun tun (véase) sino en el momento adecuado. Cierto que hay quien abusa de ellos y a veces cuesta entender su discurso, hay quien se excede en el uso de las frases hechas de tal manera que necesitaría un traductor, intérprete o glosador para que el contertulio pudiera seguir su conversación.

Una de las acciones humanas que puede denominarse de forma más diversa es sin duda la que relaciona a dos personas (de distinto sexo, todavía hoy mayoritariamente) cuando sus cuerpos entran en contacto para mantener una relación de tipo carnal que puede ir desde el simple roce epidérmico hasta la consumación total de un acto en el que la condición sexual del hombre/mujer es la base que sustenta tal relación, cuyo origen pudiera haber surgido de forma ocasional, ser consecuencia de otro tipo de relación no corporal sino sentimental fraguada a lo largo de un período de tiempo considerable o ser el resultado de una transacción económica ejercida por el ser humano desde la más remota antigüedad. Vamos, lo que podríamos llamar “hacer el amor”, para no emplear solitarios infinitivos malsonantes que pudieran dañar los oídos castos y la vista de los lectores de corta cronología.

No voy a escribir aquí esa larga lista de expresiones que en la vida diaria se utilizan para denominar la acción anteriormente referida. Tan sólo dos de ellas. “Darse un achuchón” es algo que los simpsonianos estamos habituados a oír en los repetidísimos capítulos de ese matrimonio de seres amarillos que habitan en el indeterminado Springfield. No es una expresión malsonante y va más allá del apretón cariñoso o con intención erótica a una persona, que define el diccionario. Cuando oímos a Homer y Marge utilizarla todos sabemos a lo que se refieren. “Faire cattleya” o “hacer catleya” es la expresión que ha originado este texto. Es la manera en la que Marcel Proust se refiere a la relación carnal que mantienen Odette y Swann, personajes del primer tomo (“Por el camino de Swann”) de su obra “En busca del tiempo perdido”. La catleya, orquídea que debe su nombre al horticultor inglés William Cattley, flor cuya belleza adornaba el escote de la joven Odette y que sirvió como elemento de atracción polinizador para que ambos personajes utilicen la citada expresión como sinónimo de posesión física.

En fin, como se decía antiguamente: haced cattleya y no la guerra.

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