La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

19 febrero, 2012

Filantropía telescópica

Filed under: De libros,Personal — Nicolás Doncel Villegas @ 0:39

Citaba Antonio Muñoz Molina en su blog una pregunta que se hacía Albert Camus sobre la justicia. Esa peculiar justicia que relacionaba con la llamada “filantropía telescópica” de la que escribió Charles Dickens en “Casa desolada”. Soy lector de Muñoz Molina, lo fui de Camus (sólo de “El extranjero” y “La peste”) y no he leído nada de Dickens (es lo que tiene el cine; a veces resta lectores). Es por ello que, intrigado por tal encadenamiento, busqué y leí el capítulo IV de “Casa desolada” que lleva por título Filantropía telescópica: la idea de hacer el bien a quien está lejos, aunque olvidemos los males del que está más cerca.

Después de la lectura no me cabe duda que la representante ideal de tal idea es la señora Jellyby. No puede haber persona ni personaje capaz de superar ese afán de mejorar la Vida (así, en mayúsculas) de aquellos que sufren allende los mares mientras olvida mejorar la vida (así, en minúscula) de los que con ella conviven; por ejemplo, sus propios hijos. Ese Peepy, ese chiquillo que rueda escaleras abajo dándose cabezazos con los peldaños ante la tranquilidad e indiferencia de su madre, preocupada por la educación de los indígenas de Boorioboola-Gha, en la orilla izquierda del Níger. El telescopio le alcanza a ver las orillas del Níger pero no la escalera de casa. Ese Peepy, ese muchacho que osa interrumpir la enorme tarea filantrópica de su madre, “con una tira de tafetán en la frente”, sucio y magullado, y que recibe como respuesta un exclamativo “¡Largo de aquí, Peepy!”, por parte de su progenitora bienhechora, que fija de nuevo sus ojos en el continente africano. Pura filantropía telescópica.

Todo ello ocurría en época victoriana. La pregunta de Camus, en pleno siglo XX, de alguna forma enlaza con aquella idea. Hay quien pide grandes ideales, mundos perfectos…para los que sufren incluso más allá del río Níger, y son incapaces de poner en orden su propia casa, de ser solidarios con el vecino que atraviesa una mala racha. Debe ser condición del género humano. Es más fácil desembolsar la cuenta corriente para mejorar la desdicha que asoma de vez en cuando por la sabana africana que para erradicar la que se cobija bajo el puente de la autovía que utilizamos para salir de vacaciones. No soy nadie para hacer crítica negativa de esa solidaridad transnacional; toda ayuda encierra algo positivo, pero sí me irrita, epidérmicamente hablando, ese esnobismo oenegé de los que organizan caravanas de ayuda que atraviesan el Sahara mirándose el ombligo cuando no hace mucho andaban criticando a las monjas colonizadoras de mentes (no dementes) que ayudaban a los negritos del África tropical. Como tampoco soy nadie para juzgar a los que cada verano dan asilo en sus hogares a niños saharauis o de Europa del Este mientras olvidan a los rumanos asaltadores de los contenedores de ropa usada que hay al doblar la esquina. Y por supuesto que no generalizo. Todo lo contrario, siento admiración por muchas de esas organizaciones (religiosas o laicas, estatales o no) y por esas familias que comparten su bienestar con quienes no lo tienen. Pero todos tenemos problemas de visión en algún momento. Incluso los que disfrutan de una vista excepcional, nada cansada, sin problemas de miopía, astigmatismo o hipermetropía, han padecido alguna vez la incomodidad de la mota de polvo que nos impide abrir un ojo sin problemas, del orzuelo molesto que no nos permite ver con claridad la desgracia contigua. Será por eso que cuando recuperamos la visión con claridad, tras la visita al oftalmólogo (que puede ser religioso, psicólogo o asesor personal), necesitamos mirar más lejos, allende el Estrecho, para salvar a los niños de Boorioboola-Gha, en la orilla izquierda del Níger. Pero mientras avistamos con nuestro filantrópico telescopio las desgracias lejanas…tratemos que nuestro Peepy no se nos caiga por las escaleras de casa.

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