La Girola (Blog de Nicolás Doncel Villegas)

16 julio, 2011

El pitorro del botijo

Filed under: Diálogos de blog en blog. — Nicolás Doncel Villegas @ 13:23

Antoniomm:

Qué falta hace el agua demasiado fría y sin matices de sabor de la nevera, cuando se tiene un botijo: un botijo de arcilla clara, traído de Úbeda, tecnología intuitiva y sofisticada del frescor más puro, como de pozo o de fuente. En las casas de antes el botijo se colgaba de un gancho en el portal, en una zona en la que hubiera corriente. En las huertas, de una rama de granado. La explicación física de una maravilla tan simple requiere ecuaciones casi tan complicadas como las de una reacción nuclear:

http://quim.iqi.etsii.upm.es/vidacotidiana/botijo.htm

BK:

El botijo, en Granada, se le llama pipo (me gusta la palabra, no la había escuchado antes de llegar aquí), en algunos pueblos de Cádiz, lo he escuchado llamar búcaro y en la zona norte de la provincia de Málaga, tienen la costumbre de cubrir la boca grande del botijo con una labor de croché, para que no se le cuelen los insectos.

Alberto Granados:

De mis recuerdos de esa época, la reunión de vecinos en la puerta de mi casa, todos sentados para tomar el fresco y hablar hasta que el calor se fuera diluyendo y permitiera dormir algo, macerados en sudor, sobre aquellos colchones de lana.
La reunión de la puerta, a la que llamábamos “la sastrería” por los trajes que se le cortaban a los que pasaban, suponía una prolongación del horario de libertad nocturna, (algo impensable en niños de 9 ó 10 años de hoy día) y podíamos seguir con los amigos hasta las dos o dos y media de la madrugada.
Un horario especial para un tiempo especial en que el calor (también llamado la calor, el calorín, los calores…) se olía y se sentía en el alma, como un estado de ánimo más.

Zumo de Poesía:

Yo viví mi infancia en un pueblo de Granada, y allí teníamos botijos de verano (de arcilla, como lo describe AMM) y de invierno (con una capa de barniz y decorado con dibujos). En el primero, el agua se mantenía fría. En el segundo, no se enfriaba demasiado.

Los niños, desde pequeños, teníamos que aprender a beber “a caño” (aprendíamos a base de atragantarnos). Se nos regañaba si lo hacíamos “a chupe”.

Mi abuela, en el agujero de llenar el botijo (no en el pitorro, sino en el agujero grande), ponía unos encajes hechos por ella, que eran una tela con agujeros pequeñitos para dejar pasar el aire pero impedir que se metieran insectos.

Nicolás:

Mi santa y yo “nos sentamos en la puerta” cuando anochece y sopla alguna brisa que alivie el calor del día. Sentarse en la puerta es sacar una mecedora y ocupar la acera sin permiso gubernamental, estilo acampada 15M, charlar con los vecinos que van al parque de enfrente a montar a sus criaturitas en los columpios, cruzar la calle y comprar un helado en la tienda de chucherías de enfrente… y aguantar hasta que el fresco de la noche alivie el calor acumulado en el interior de la casa. Esta costumbre veraniega la he heredado de mis padres. Aquí en mi barrio sólo las personas mayores, y los que vamos camino de ello, la seguimos practicando. Cierto es también que hay noches en las que es imposible hacerlo y nos refugiamos en el interior, al amparo del aire acondicionado, cuando el aire africano se cuela Guadalquivir arriba.

En cuanto al botijo, además del pañito de croché para cubrir el agujero trasero y evitar así la entrada de insectos, es imprescindible tapar el pitorro con un palito afilado y atado con un hilo de algodón. Ello favorece que el botijo “sude” más y el agua contenida se refresque más rápidamente.

Para completar:

– Como dice Zumo de Poesía, los niños de antes teníamos que aprender a beber “a caño”, que en mi pueblo se decía “a gañote”, y por supuesto no “a chupe”.

– Como consecuencia de lo anterior, el orificio por el que se bebía se le llamaba pitorro, como he dicho anteriormente, pues “el pitorro es algo que no hay que chupar”, como decían entre risas las mozuelas de por entonces.

– Y para terminar, el término “sudar” aplicado a la transpiración del botijo era sustituido habitualmente por el de” mear”. Si un botijo “meaba” bien se convertía en un tesoro que había que conservar para el próximo verano.

BLOG de Antonio Muñoz Molina – 25 de junio de 2.011

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